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Mensaje estético y retórica

Publicado el 20 Febrero 2008 en Teoría de la Comunicación

El mensaje estético

En el curso de la comunicación estética se actúa una experiencia que no puede ser reducida ni a una medida cuantitativa ni a una sistematización estructural.

Pero esta experiencia ha sido posible gracias a algo que, en cada uno de sus múltiples niveles, ha de tener una estructura, ya que de lo contrario no sería comunicación sino una estimulación casual de reacciones aleatorias.

Por lo tanto entran en juego, por una parte el modelo estructural del proceso de fruición y por otra la estructura del mensaje en cada uno de sus niveles. Como experiencia individual la obra puede ser teorizada, pero no medida.

Una investigación semiótica sobre el mensaje estético deberá dirigirse a identificar los sistemas de convenciones que regulan el tratamiento de los distintos niveles y a analizar las descargas informativas, los tratamientos originales de las convenciones iniciales que se actualizan a cada nivel del mensaje, instituyendo el valor estético a través de a actuación del isomorfismo global que es el idioma estético.

Si el mensaje estético actúa como violación de la norma, todos los niveles la violan siguiendo la misma regla. Cuando la estética afirma que se puede entrever la totalidad y la validez de una obra, aunque sea fragmentaria o deteriorada por el tiempo, es porque, del código que se perfila al nivel de las partes aún perceptibles, puede deducirse el código de las partes que faltan y se adivinan.

La obra trasforma continuamente sus propias denotaciones en connotaciones, y sus propios significados en significantes de otros significados.

Cuando se desencadena el juego de interpretaciones sucesivas, la obra nos impulsa ante todo a reconsiderar el código y sus posibilidades. Toda obra pone el código en crisis, pero a la vez lo potencia.

El efecto de distanciamiento se verifica al desautomatizar el lenguaje. El arte aumenta la dificultad y la duración de la percepción, describe el objeto como si lo viera por primera vez.

En la dialéctica entre forma y apertura (a nivel de mensaje) y entre fidelidad e iniciativas (a nivel de destinatario), se establece la actividad interpretativa de cualquier lector.

Autoreflexibidad y ambigüedad

El mensaje reviste una función estética cuando se estructura de una manera ambigua, teniendo en cuenta el sistema de relaciones que el código representa, y se presenta como autoreflexivo, es decir, cuando pretende atraer la atención del destinatario sobre la propia forma en primer lugar.

Un mensaje totalmente ambiguo resulta extremadamente informativo, porque prepara numerosas selecciones alternativas, pero puede quedar reducido a puro desorden. La ambigüedad productiva es la despierta la atención y exige un esfuerzo de interpretación, permitiendo descubrir unas líneas o direcciones de decodificación, y en desorden aparente y no casual, establecer un orden más calibrado que el de los mensajes redundantes.

El mensaje estético, al igual que el argumento de la tragedia de Aristóteles, ha de procurar que suceda algo que nos sorprenda, que vaya más allá de los previsible y que sea contrario a la opinión común, pero para que este acontecimiento sea aceptado e integrado, hace falta que reúna algunas condiciones de credibilidad, a pesar de ser ficticio debe ser verosímil.

Las características principales de la ambigüedad y la autorreflexión son:

A medida que el mensaje se hace más complejo y su esteticidad más intensa, el análisis se puede fragmentar en varios niveles o grados. La información y redundancia están establecidas a distintos niveles, auque se influencian recíprocamente.

La retórica

En la mayor parte de nuestras relaciones de comunicación, las distintas funciones, dominadas por la emotiva, tienden a realizar un mensaje persuasivo.

El razonamiento persuasivo ha sido codificado durante siglos por las retóricas. El razonamiento retórico parte de premisas probables y llega a conclusiones no apodípticas basándose en el silogismo retórico; pero la retórica no pretende únicamente obtener un asentimiento racional, sino también un asentimiento emotivo; por tal razón se presentaba como una técnica para subyugar al oyente.

Hay diversos grados de razonamiento persuasivo. Aristóteles distinguía tres tipos de razonamiento:

Lugares comunes

Para convencer al auditor, el orador debía intentar demostrar que sus conclusiones derivaban de algunas premisas que no podían ser objeto de discusión, mediante un tipo de argumentación obvia que no podía ser puesta en duda; en otras palabras el entinema es un silogismo cuyas premisas son verosímiles y no necesariamente verdaderas. Por lo tanto, la retórica no hacía más que reseñar estos modos de pensar, estas opiniones comunes y adquiridas, depositadas en la memoria colectiva.

Sobre estas premisas se van articulando los argumentos: la retórica antigua las reunía en lugares, es decir bajo rúbricas generales. La premisa puede omitirse por obvia, pero, con frecuencia, se omite una premisa de cuya evidencia no se está absolutamente seguro. Al sobreentender la premisa mayor se evitaba suscitar posibles dudas – con el peligro de invalidar la conclusión.

Los lugares son de dos tipos comunes o generales y los propios o específicos de cada disciplina y de cada género oratorio. Los lugares comunes son puntos de vista de aceptación general, recogen opiniones extendidas y pueden aplicarse a argumentos diversos en cualquier campo del saber. Algunos de estos lugares enfrentados resultan contradictorios, aunque tomados aisladamente pueden parecer plenamente convincentes.

Figuras retóricas

Para inclinar al oyente a prestar atención a premisas y argumentos, conviene estimular su atención: para esto sirven las figuras traslativas y las figuras retóricas, que no son sino embellecimientos gracias a los cuales el razonamiento parece nuevo, con una nota de información imprevista.

Una contradicción curiosa de la retórica es que:

Para resolver esta oscilación entre redundancia e información, es preciso distinguir dos sentidos de la palabra retórica:

La retórica codifica las relaciones que aún siendo inusitadas, pueden integrarse en el sistema de expectativas del oyente, codifica un tipo de información juiciosa. Lo inesperado se regula de tal manera que tanto lo inesperado como lo informativo intervienen, no para provocar o poner en crisis lo que ya se sabe, sino para persuadir, es decir, para reestructurar en parte lo que ya se sabe.

Metonimia

Consiste en nombrar un objeto por medio de otro que tiene con el primero una relación de contigüidad. Tradicionalmente se describe la metonimia como la designación de una entidad con el nombre de otra que tiene con la primera una relación de causa y efecto o viceversa o de dependencia recíproca contenido/continente. Es una figura de significación por correspondencia que desplaza los límites entre nociones expresadas por palabras con vecindad semántica. Responde a algunas de las preguntas:

Metáfora

La metáfora es la sustitución de una palabra por otra cuyo sentido literal posee cierta semejanza con el sentido literal de la palabra sustituida. Se identifica un objeto mediante aquel con que se compara.

La función de anclaje del mensaje lingüístico

En cuanto a la comunicación de masas, el mensaje lingüístico está presente en todas las imágenes. Toda imagen es polisémica, toda imagen implica, subyacente a sus significantes, una cadena flotante de significados, de la que el lector se permite seleccionar unos determinados e ignorar todos los demás. En toda sociedad se desarrollan diversas técnicas destinadas a fijar la cadena flotante de significados, siendo una de estas técnicas el mensaje lingüístico.

La función denominadora viene a corresponderse perfectamente con un anclaje de todos los sentidos posibles (denotados) del objeto, por medio del recurso a una nomenclatura. El texto conduce al lector a través de los distintos significados de la imagen, le obliga a evitar unos y a recibir otros. Tiene una función elucidatoria, pero la elucidación es selectiva; se trata de un metalenguaje que no se aplica a la totalidad del mensaje icónico, sino tan solo a algunos de sus signos; el texto constituye el derecho a la mirada del creador sobre la imagen: el anclaje es un control, detenta una responsabilidad sobre el uso del mensaje frente a la potencia proyectiva de las imágenes; con respecto a la libertad de significación de la imagen, el texto toma un valor represor.

Es más rara la función de relevo. Esta función se encuentra sobre todo en el humor gráfico y el cómic. En estos casos la palabra y la imagen están en relación complementaria; de manera que las palabras son fragmentos de un sintagrama más general, con la misma categoría de las imágenes, y la unidad del mensaje tiene lugar a un nivel superior: el de la historia, la anécdota, la diéresis.